Parece que no hace tanto tiempo cuando muchos celebraban la apuesta de Microsoft por Azure. La decisión de Satya Nadella de volcarse en la computación en la nube empezó a traducirse pronto en buenos resultados financieros, impulsando a la compañía de Redmond a encadenar cifras récord de ingresos. Pero había algo más relevante en ese movimiento: la constatación de que podía generar enormes beneficios más allá de Windows. Aquella estrategia, iniciada en 2014, terminó por marcar un antes y un después que se hizo especialmente visible en 2019, cuando la firma alcanzó por primera vez una capitalización de mercado de un billón de dólares.
Sin embargo, ni siquiera los estrategas más orientados al largo plazo, como Nadella, están exentos de errores. Microsoft lleva tiempo encadenando decisiones discutibles que han acabado teniendo un impacto directo en sus resultados trimestrales. En concreto, la compañía ha perdido casi una cuarta parte de su valor en apenas tres meses. Para ponerlo en contexto, hablamos de su mayor caída trimestral desde la crisis financiera de 2008. Un retroceso de esta magnitud, lógicamente, no pasa desapercibido.
Del liderazgo en la nube a una estrategia bajo presión
Si queremos entender por qué el relato se ha torcido, tenemos que empezar por lo más evidente: el mercado ha reaccionado con dureza y, sobre todo, de forma selectiva. En el primer trimestre de 2026, Microsoft perdió cerca de un 23% de su valor en bolsa, según CNBC, mientras el Nasdaq cedió alrededor de un 7%. No es un movimiento menor, entre otras cosas porque hablamos de una caída de una magnitud que no se veía en casi dos décadas. Ese desfase frente al resto del sector empieza a señalar problemas que van más allá del contexto general.
Durante un tiempo, la apuesta por OpenAI fue vista como uno de los grandes aciertos estratégicos de Microsoft, y no es difícil entender por qué. La compañía ha invertido alrededor de 13.000 millones de dólares para integrar esta tecnología en Azure y en productos como Copilot, lo que le permitió colocarse en una posición muy ventajosa en la carrera de la inteligencia artificial. Sin embargo, con el paso del tiempo también hemos empezado a ver la otra cara de esa decisión: una dependencia tecnológica muy elevada y una presión creciente por justificar ese despliegue.
Con el paso de los meses, esa relación tan estrecha también ha empezado a cambiar de forma silenciosa. Aunque Azure sigue siendo un socio clave para OpenAI, la compañía dirigida por Sam Altman ha comenzado a abrir su infraestructura a otros actores para sostener el crecimiento de sus modelos, que cada vez exigen más capacidad de cómputo y energía. Eso no rompe la alianza, pero sí cambia su significado, porque Microsoft ya no concentra con la misma claridad toda la ventaja estratégica que había logrado en las primeras fases del acuerdo.
Si bajamos al terreno del producto, donde todas estas apuestas deberían materializarse, el caso de Copilot es especialmente ilustrativo. Microsoft ha intentado convertir este asistente en el eje de su nueva propuesta de valor, integrándolo en Microsoft 365 y en buena parte de su ecosistema, pero la adopción no está yendo al ritmo esperado. Según The Information, casi nadie usa Copilot. Lo que hemos visto es que llevar la inteligencia artificial al día a día de las empresas resulta más complejo de lo que parecía sobre el papel.

A todo esto se suma una tensión que no siempre se ve, pero que está muy presente en la trastienda de esta carrera: la de cómo repartir recursos en un entorno de demanda creciente. Microsoft está invirtiendo de forma masiva en infraestructura para sostener el auge de la IA, pero al mismo tiempo tiene que decidir cómo asigna esa capacidad entre Azure y sus propios servicios. En enero, la directora financiera Amy Hood llegó a señalar que el crecimiento de Azure en el trimestre de diciembre habría sido aún mayor si la compañía hubiese destinado más chips a la nube en lugar de repartir parte de esa capacidad entre servicios como Copilot.
El desgaste no se limita a la inteligencia artificial, y eso también conviene tenerlo en cuenta. También este año hemos visto caídas notables en ingresos y en varias áreas del ecosistema Xbox, en un contexto marcado además por anteriores subidas de precio en Game Pass y en las consolas. Puede parecer un frente menor al lado de Azure o de Microsoft 365, pero ayuda a completar la foto de una compañía que ha ido abriendo demasiados flancos a la vez. Lo que hemos visto es que incluso en áreas donde tenía una posición consolidada, Microsoft está encontrando más dificultades para mantener el ritmo.
Si juntamos todas estas piezas, lo que empieza a emerger es una desconexión cada vez más evidente entre la fortaleza operativa de Microsoft y la forma en que el mercado está valorando su estrategia. La compañía sigue siendo la cuarta más valiosa del planeta, continúa creciendo, con ingresos al alza cercanos al 17% interanual en su último trimestre reportado y con Azure avanzando un 39% en el trimestre de diciembre, pero esa solidez no se está trasladando a su cotización ni a su valoración.
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La noticia
El problema de Microsoft no es haber perdido una cuarta parte de su valor en tres meses. Es que lleva tiempo equivocándose
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Marquez
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