China acaba de cruzar la misma línea roja que Rusia: por primera vez, un dron militar ha invadido el espacio aéreo de Taiwán

China acaba de cruzar la misma línea roja que Rusia: por primera vez, un dron militar ha invadido el espacio aéreo de Taiwán

China ha dado un paso nuevo en su campaña de presión sobre Taiwán, uno que hasta ahora solo era parte de la retórica y que ha pasado a ser muy real: la introducción por primera vez de un dron militar en su espacio aéreo, una incursión breve (de apenas cuatro minutos) pero cargada de cargada de simbolismo e intención estratégica imprevisible. 

La primera vez. Lo ocurrido recuerda lo que habíamos visto con Rusia en Europa. El aparato, identificado por fuentes taiwanesas como un WZ-7 de reconocimiento, entró en el aire de Pratas/Dongsha, un pequeño atolón controlado por Taipéi en el mar de China Meridional, y lo hizo a una altitud deliberadamente fuera del alcance de las defensas disponibles en la isla, marchándose después de que Taiwán emitiera advertencias por radio internacional. 

La maniobra parece revelar un patrón clásico de escalada controlada: Pekín no busca un choque inmediato, sino normalizar el hecho de que puede vulnerar la soberanía taiwanesa sin sufrir consecuencias tácticas, obligando a Taipéi a aceptar la violación como rutina o a reaccionar de forma que pueda presentarse como provocación.

Pratas como punto débil. Pratas es un objetivo perfecto para este tipo de pruebas porque combina valor simbólico y fragilidad militar: está a unos 400 kilómetros del sur de Taiwán, en una zona por la que transitarían submarinos estadounidenses y chinos en un escenario de crisis, y en los últimos meses ya había sido hostigada por guardacostas y milicias marítimas chinas, ese brazo híbrido que opera en la frontera entre lo civil y lo paramilitar. 

Allí, Taiwán mantiene defensas mínimas (se habla de sistemas de corto alcance como Avenger o misiles portátiles) que sirven para amenazas bajas y cercanas, no para un dron de gran altitud, lo que convierte cada incursión en una demostración de impunidad. Ademas, el problema para Taipéi es que este tipo de movimiento abre una escalera peligrosa. Mañana puede repetirse, pero el dron puede bajar un poco más y obligar a decidir si se derriba o se tolera, y si se derriba cuando por fin está al alcance, Pekín puede usarlo como excusa política, argumentando que Taiwán “escaló” una situación que antes había aceptado.

Un dron Wz 7

El factor imprevisible. Recordaba el Financial Times que lo inquietante no es tanto el tiempo que duró el vuelo, sino lo que entrena: la capacidad de China para explorar huecos doctrinales, medir tiempos de reacción, probar comunicaciones de alerta y, sobre todo, introducir incertidumbre sobre qué considera cada parte un “primer golpe”. 

Taiwán lleva tiempo advirtiendo que cualquier entrada no autorizada de activos militares en sus aguas o espacio aéreo puede interpretarse como un ataque inicial que habilite respuesta, pero sus propias reglas de enfrentamiento aún están afinándose para decidir quién, cuándo y bajo qué circunstancias puede ordenar una acción que podría desencadenar una escalada mayor. Desde ese prisma, Pratas funciona como laboratorio: un lugar suficientemente sensible como para golpear, pero lo bastante remoto y defendido con pinzas como para que cada decisión sea un equilibrio entre firmeza y contención.

La coreografía alrededor. La incursión llega además en un contexto de presión acumulada, con ejercicios cada vez más frecuentes y más cerca de la isla de Taiwán, y con un pulso constante en el estrecho que combina maniobras militares, paquetes de armas estadounidenses y respuestas chinas en forma de fuego real o patrullas más agresivas. Ese telón de fondo convierte a un dron en algo más: un mensaje de que Pekín no solo intimida con grandes despliegues, sino que puede desgastar a diario con acciones pequeñas, baratas y difíciles de contestar.

Al mismo tiempo, el papel de Estados Unidos añade ambigüedad: Washington está comprometido a ayudar a Taiwán a defenderse y a mantener capacidad de resistir las presiones, pero incluso dentro de ese marco existe la duda de hasta dónde llegaría si algo prende, lo que refuerza la tentación china de presionar justo donde la respuesta aliada podría ser menos automática.

El nuevo umbral. China lo presenta como un ejercicio “legítimo y legal”, pero precisamente esa narrativa es parte del cambio: si se acepta que estas incursiones son normales, se abre un precedente que erosiona soberanía sin necesidad de ocupar ni disparar, y que prepara el terreno para escenarios más peligrosos. 

Dicho de otra forma, si Pekín repite y profundiza esta táctica, puede obligar a Taiwán a escoger entre normalizar las incursiones o una respuesta arriesgada, y en ese margen de duda (donde nadie «quiere ser el primero») es donde la presión estratégica resulta más efectiva.

Imagen | CCTV, Infinty 0 

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China acaba de cruzar la misma línea roja que Rusia: por primera vez, un dron militar ha invadido el espacio aéreo de Taiwán

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Miguel Jorge

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