China lleva años preparándose pacientemente para una gran crisis energética global. Y ahora recoge sus frutos

China lleva años preparándose pacientemente para una gran crisis energética global. Y ahora recoge sus frutos

La Tercera Guerra del Golfo ya está aquí y el mercado global del crudo se asoma al abismo. El bloqueo del estrecho de Ormuz ha desatado un pánico logístico sin precedentes y ha catapultado el barril de Brent muy por encima de los 100 dólares. El pánico es palpable en todo el continente asiático: Filipinas recorta jornadas laborales, Singapur manda a sus oficinistas a teletrabajar y Tailandia interviene los precios del diésel a la desesperada.

A escasos miles de kilómetros, China observa el caos global con una frialdad casi insultante. Al gigante asiático no le ha salvado la providencia, sino una planificación milimétrica. Igual que hace siglos levantó una vasta infraestructura de piedra para frenar a las invasiones nómadas, Pekín lleva más de una década construyendo una Gran Muralla invisible para aislarse de la volatilidad fósil.

La semilla de esta resistencia hay que buscarla cinco años atrás. En 2021, durante la visita a un yacimiento petrolífero, el presidente Xi Jinping sentenció que China debía mantener el «cuenco de arroz energético» firmemente en sus propias manos. Según The Economist, trasladar esta tradicional metáfora (usada históricamente para apelar a la soberanía alimentaria) a la energía, dejaba clara una obsesión estatal: el país se iba a preparar sin descanso para el peor escenario posible.

¿Una buena apuesta la paciencia?

Hay varios refranes y dichos populares que dicen que quien espera, la victoria le será más dulce. En el caso de China es una aplicación pragmática y geoestratégica pura y dura. Tal y como analizamos en Xataka, este blindaje es el resultado directo de la estrategia «Made in China 2025» diseñada hace una década. 

El Gobierno chino entendió que depender del petróleo y el gas extranjero era su mayor vulnerabilidad militar y económica. La electrificación masiva no fue un capricho ecologista, sino una cuestión de supervivencia nacional. Hoy, China genera más de una cuarta parte de su electricidad con sol y viento, reescribiendo el orden mundial y dividiendo el tablero entre los viejos «petroestados» y los nuevos «electroestados».

Pero mientras esa transición se completa, Pekín no ha descuidado la economía fósil. El modelo chino antepone la resiliencia bruta a la eficiencia de los mercados occidentales, como señala una columna de Cinco Días.

El mejor ejemplo es lo que ocurrió el año pasado. Mientras los mercados globales debatían sobre un supuesto exceso de oferta petrolera, China aprovechó los precios bajos para gastarse 10.000 millones de dólares en comprar petróleo fuertemente sancionado de Rusia, Venezuela e Irán; un crudo que, en realidad, no necesitaba de forma inmediata. El resultado de ese acaparamiento silencioso es que hoy China cuenta con unas Reservas Estratégicas de Petróleo (SPR) masivas, estimadas entre 900 y 1.400 millones de barriles. Este colchón es suficiente para cubrir entre 96 y 140 días de su demanda interna sin importar una sola gota del exterior.

El escudo en acción

Esta preparación a largo plazo le ha permitido a China desplegar un arsenal de medidas de contención casi inmediatas desde que estalló el conflicto en el Golfo:

La letra pequeña

No obstante, el «cuenco de arroz» energético de China aún tiene fisuras. Para mantener el sistema a flote, el país sigue dependiendo de una inmensa red de seguridad sucia: el carbón. En 2024, este mineral suministró el 56% de su energía primaria y, en la actualidad, mantienen más de 300 plantas en construcción. Tal y como subraya un informe del ChinaPower Project, a pesar de la contaminación, la inmensa y abundante oferta de carbón ofrece a los legisladores chinos una verdadera «red de seguridad» final ante las interrupciones de otras fuentes.

Pero la verdadera batalla por la supervivencia no se libra solo en los pozos de petróleo, sino en los laboratorios de semiconductores. Aunque el país fabricó la astronómica cifra de 484.000 millones de chips en 2024, sigue sin tener acceso a las máquinas de litografía UVE de la empresa europea ASML. 

Sin embargo, el gigante asiático está encontrando grietas en el bloqueo occidental. China ya cuenta con dos empresas, SMIC y Huali Microelectronics, capaces de producir chips avanzados de 7 nanómetros mediante técnicas de ‘multiple patterning’ empleando máquinas de generaciones anteriores. Es un proceso más caro y menos eficiente, pero demuestra que las sanciones solo aceleran su búsqueda de la soberanía.

El próximo cuello de botella a superar es químico. El país depende casi por completo de Japón (específicamente de JSR Corporation) para obtener los líquidos fotorresistentes hiperespecializados necesarios en la litografía de chips. El nuevo plan quinquenal chino ya ha marcado un plazo de cinco años para romper también este monopolio nipón.

Y mientras China teje esta red de seguridad industrial absoluta, sus rivales tecnológicos tiemblan. El cierre de Ormuz no solo asfixia el petróleo, sino el Gas Natural Licuado (GNL) de Oriente Medio del que depende la red eléctrica de Taiwán. TSMC, el fabricante de chips más importante del mundo, opera en una isla que apenas tiene reservas de GNL para 11 días. Si el bloqueo se prolonga, la producción global de chips de Inteligencia Artificial podría paralizarse por completo, evidenciando que la vulnerabilidad energética de Occidente y sus aliados es un riesgo sistémico.

El ocaso de los petroestados

La actual crisis en Oriente Medio ha dejado al descubierto una ironía geopolítica brutal. Mientras Occidente hiperventila ante el terror atávico de revivir la inflación petrolera de 1973 y pelea por los escasos barriles que logran esquivar los drones en el estrecho de Ormuz, la verdadera guerra energética del siglo XXI ya ha sido ganada en silencio por Pekín.

En 1973 el embargo árabe cambió los ineficientes y gigantescos V8 americanos por los ahorradores coches japoneses. Hoy, el cierre de Ormuz está haciendo exactamente lo mismo a escala global: propulsar a un coche eléctrico que puede recorrer seis veces la misma distancia que un diésel por el mismo dinero. Solo que esta vez el ganador indiscutible ya no está en Tokio, sino en China.

La era de los petroestados, dependientes de rutas marítimas vulnerables y mercados inestables, está llegando a su fin para cederle el testigo a China, el primer gran «electroestado» del planeta. Como bien apuntaba The Economist al analizar esta estrategia, lo que en tiempos de paz en Occidente se veía como la paranoia de un autócrata, hoy se ha revelado como la máxima prudencia. Xi Jinping miró al futuro hace un lustro, y hoy su «cuenco de arroz energético» está lleno hasta los bordes.

Imagen | Photo by Li Yang on Unsplash

Xataka | En 1973 la crisis del petróleo encumbró al coche japonés. En 2026 el ganador es muy distinto: el eléctrico chino


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China lleva años preparándose pacientemente para una gran crisis energética global. Y ahora recoge sus frutos

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Alba Otero

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