Décadas antes del iPhone, Apple ya apostó por las pantallas en vertical. Su mayor enemigo no fue la competencia, sino las cafeteras de la oficina

Décadas antes del iPhone, Apple ya apostó por las pantallas en vertical. Su mayor enemigo no fue la competencia, sino las cafeteras de la oficina

Un maquetador de revista lleva horas frente a su Mac ajustando el diseño de una portada. La pantalla es horizontal. La página es vertical. Cada vez que quiere ver cómo quedará impresa tiene que hacer scroll, recomponer mentalmente el resultado y rezar para que no haya sorpresas al imprimir. Apple tiene una solución. Cuesta 1.699 dólares y no puede acercarse demasiado al archivador.

El 7 de marzo de 1989, Apple presentó el Macintosh Portrait Display, un monitor de 15 pulgadas en orientación vertical diseñado para mostrar una página entera tal y como iba a imprimirse. Era, en esencia, la misma lógica que hoy gobierna el iPhone. Tardaron dieciocho años en cerrar el círculo.

La razón por la que Apple necesitaba una pantalla vertical

A mediados de los ochenta, los Mac habían perdido la guerra de los despachos frente a los PC con Windows, pero habían ganado algo más valioso: las redacciones, los estudios de diseño y las editoriales. El motivo era el WYSIWYG( What You See Is What You Get) un principio que permitía ver en pantalla exactamente lo que iba a salir por la impresora. Para alguien que maquetaba una revista o componía un libro, era un antes y un después.

Software como Aldus PageMaker consolidó esa relación. Pero había una contradicción: una página A4 es vertical y los monitores de la época eran horizontales. Trabajar con maquetas completas significaba hacer zoom, hacer scroll. No era cómodo. La solución obvia era un monitor vertical. Y la primera empresa en construirla no fue Apple.

Radius se adelantó y Apple respondió

Radius era una startup fundada por ex empleados del equipo original del Macintosh. En 1988 lanzaron el Radius Full Page Display: un monitor vertical para Mac que demostraba que el concepto no solo era posible sino que había demanda real. No era Apple, pero era exactamente el tipo de producto que Apple debería haber hecho.

Radius Full Page Display

Apple respondió al año siguiente con el Macintosh Portrait Display. Resolución de 640 x 870 píxeles a 80 puntos por pulgada, tecnología antirreflejo y un tamaño que permitía ver una página A4 completa sin sacrificar detalle. El precio era de 1.099 dólares por el monitor, más otros 599 si necesitabas la tarjeta de vídeo adicional para que funcionara. Radius, en cuanto Apple anunció el suyo, bajó el precio del propio a 895 dólares. El mercado era pequeño, pero de repente tenía competencia.

Macintosh Portrait Display

El manual que nadie esperaba leer

Hasta aquí, todo cuadra. Un producto con visión, un público definido. Pero el Macintosh Portrait Display guardaba un secreto que Apple reconoció en su propio manual de resolución de problemas.

El monitor era sensible a lo que la compañía llamaba «influencias ambientales». No hablaban de temperatura ni de humedad. Hablaban de mesas metálicas. De archivadores. De estanterías. De luces fluorescentes. De otras pantallas en la misma sala. Y, con una tranquilidad pasmosa, de cafeteras y fotocopiadoras.

Según Apple, todos esos objetos podían causar «distorsión dinámica del ráster»: la imagen temblaba, se movía, se distorsionaba. Un monitor diseñado para la precisión del diseño editorial, incapaz de convivir en paz con el mobiliario estándar de cualquier oficina.

Retirado en 1992, reivindicado en 2007

El Macintosh Portrait Display desapareció del catálogo en diciembre de 1992. En su momento se leyó como el cierre de un experimento curioso con aplicaciones muy limitadas. Visto desde hoy, la lectura es completamente distinta.

La pantalla vertical no era una rareza. Era una intuición que llegó demasiado pronto. El iPhone la validó en 2007 y desde entonces consumimos contenido en vertical: páginas web, historias, vídeos, chats. La orientación que Apple probó en 1989 se convirtió en el estándar absoluto de la era móvil. Eso sí, la cafetera de la oficina, al menos, ya dejó de ser un problema.

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por
Guille Lomener

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