
Si en el siglo XX las potencias se disputaban los pozos petroleros, en 2026 la batalla se libra en la tabla periódica. El litio, el cobalto, el galio y las tierras raras se han convertido en los nuevos barriles de crudo, esenciales para fabricar desde la batería de un coche eléctrico hasta el sistema de guía de un misil hipersónico.
En este escenario, la administración de Donald Trump se ha topado con una realidad geológica ineludible: la retórica de «America First» tiene un límite físico. Para ganar la carrera tecnológica del siglo XXI, Washington necesita a sus vecinos. En una maniobra diplomática y económica sin precedentes, Estados Unidos ha lanzado una ofensiva para reclutar a México, Argentina y un bloque de aliados globales, con el objetivo declarado de blindarse ante la vulnerabilidad que supone el dominio casi absoluto de China sobre los minerales críticos.
La cumbre de la ansiedad estratégica. El epicentro de este giro copernicano fue el Departamento de Estado en Washington, donde el secretario de Estado Marco Rubio y el vicepresidente J.D. Vance ejercieron de anfitriones en la «Reunión Ministerial sobre Minerales Críticos». La convocatoria no fue menor: 55 delegaciones internacionales se sentaron a la mesa, bajo una premisa urgente de que el mercado libre ha fallado.
El diagnóstico estadounidense es severo. China controla el 90% de la capacidad de procesamiento de tierras raras y ha comenzado a utilizar ese monopolio como arma geopolítica, imponiendo requisitos de licencia y restringiendo exportaciones para presionar a la industria estadounidense. «El mercado internacional de minerales críticos está fallando», sentenció el vicepresidente Vance, argumentando que Beijing inunda el mercado con precios bajos para arruinar a la competencia occidental y luego subir los precios a su antojo.
Project Vault y el lapsus. Para contrarrestar esto, la Casa Blanca ha presentado herramientas que reescriben las reglas del capitalismo global. Trump anunció la creación de una reserva estratégica de minerales valorada en 12.000 millones de dólares (10.000 millones en préstamos del Ex-Im Bank y casi 1.670 millones de capital privado). Al igual que la Reserva Estratégica de Petróleo creada en los años 70, esta «bóveda» —llamada Project Vault— acumulará stock para proteger a gigantes como General Motors, Stellantis y Google de futuras crisis de suministro.
Pero la mentalidad de la Casa Blanca ha pasado de lo comercial a lo bélico, literalmente. En un desliz freudiano o una declaración de intenciones, los documentos oficiales de la administración Trump sobre estas inversiones listan al Pentágono bajo su nombre del siglo XIX: Department of War (Departamento de Guerra). Bajo este epígrafe anacrónico, Washington ya está financiando proyectos mineros en Alaska y Carolina del Norte, dejando claro que la extracción de recursos ya no es un asunto de mercado, sino de defensa nacional pura y dura.
La alianza FORGE y los «suelos de precios». Para sostener este esquema, se ha lanzado el Forum on Resource Geostrategic Engagement (FORGE), presidido inicialmente por Corea del Sur, para coordinar una «zona de comercio preferencial». La idea revolucionaria aquí son los precios suelo: si China tira los precios globales, los miembros del bloque aplicarán aranceles externos para mantener el valor interno alto, garantizando así la rentabilidad de las inversiones mineras en países aliados.
Sin embargo, el mercado ha reaccionado con escepticismo ante este intervencionismo. Paradójicamente, tras el anuncio, las acciones de mineras estadounidenses como MP Materials y USA Rare Earth se desplomaron entre un 6% y un 9%. Según analistas citados por Reuters, el temor es que la administración Trump retire los subsidios directos a proyectos individuales para centrarse en esta compleja ingeniería de precios globales, dejando a las empresas locales expuestas a la incertidumbre regulatoria.
Toda esta estrategia estadounidense dibuja un mapa del mundo con dos velocidades. Por un lado, está el «club VIP» tecnológico: Estados Unidos, Japón y la Unión Europea firmarán un acuerdo trilateral vinculante en 30 días para coordinar sus industrias. Por otro, están los proveedores de materias primas: América Latina.
Argentina y la entrega del Litio. En el sur, la administración de Javier Milei ha decidido alinear sus recursos incondicionalmente con los intereses de Washington. Argentina, quinto productor mundial de litio, firmó un acuerdo marco que la ata a la cadena de suministro estadounidense, utilizando como cebo el RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones). Para la Casa Blanca, Argentina es la pieza clave para asestar un golpe a Beijing. Actualmente, más del 70% del litio argentino viaja a China, un flujo que EEUU está decidido a cortar y redirigir hacia sus propias fábricas.
La operación ya está en marcha. Mientras la diplomacia firmaba papeles, el dinero se movía: el gigante Glencore ha pactado con el consorcio Orion (respaldado por EEUU) la adquisición de activos, demostrando cómo los capitales occidentales empiezan a tomar posiciones en el terreno. El secretario Marco Rubio no ocultó su entusiasmo por esta disposición total: «Argentina va a ser un socio clave para el mundo», afirmó, destacando no solo la extracción, sino la capacidad del país para procesar los materiales que EEUU necesita. En la práctica, esto convierte al país sudamericano en un eslabón primario de la seguridad nacional estadounidense.
México: El mapa del tesoro y la amenaza del «Menú». La situación de México es de un pragmatismo forzado bajo amenaza. Con la revisión del T-MEC programada para julio, el gobierno mexicano aceptó un «Plan de Acción» de 60 días que va mucho más allá del comercio. El acuerdo abre la puerta a algo que toca la fibra sensible de la soberanía nacional: el Servicio Geológico de EEUU colaborará en el «mapeo geológico» del territorio mexicano para localizar yacimientos, una radiografía de los recursos del vecino realizada desde Washington para «aportar transparencia». El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, justificó la cesión con una frase de realismo brutal: «Si no estás en la mesa participando, estás en el menú».
Pero para muchos, México ya está siendo devorado. El colectivo «Cambiémosla Ya» ha lanzado una alerta feroz, denunciando que este plan es un «regreso al neoliberalismo» que subordina la soberanía nacional a las necesidades industriales del norte. Advierten que la prisa por cumplir con las cuotas de Washington provocará «el despojo, el desplazamiento y la destrucción de comunidades», relajando las regulaciones para convertir el territorio en una zona de sacrificio para la transición energética de EEUU.
Pasaporte para las rocas, muros para la gente. El telón de fondo de esta gran alianza mineral revela una contradicción que define la era actual. Mientras la administración Trump mantiene una retórica de cierre fronterizo y proteccionismo cultural —en un momento donde la influencia latina es tan innegable que fenómenos globales como Bad Bunny hacen historia en la Super Bowl—, la Casa Blanca ha tenido que admitir una dependencia existencial del sur.
La urgencia del litio y el cobalto ha forzado una tregua hipócrita: Washington parece decir que, aunque sus fronteras pueden endurecerse para las personas, deben permanecer abiertas de par en par para los recursos. Es una actualización sutil de la diplomacia continental, donde la integración se mide en toneladas de mineral y la soberanía se negocia en mesas comerciales. Como resumió Heidi Crebo-Rediker, del Consejo de Relaciones Exteriores: «Las rocas están donde están las rocas». Al final, en este nuevo mapa trazado por la necesidad tecnológica, lo único que parece tener la Green Card garantizada son las piedras.
Imagen | The White House y Freepik
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La noticia
EEUU ficha a México y Argentina para su gran obsesión tecnológica: romper el monopolio de China sobre las tierras raras
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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