
La Marina de Estados Unidos está viviendo una contradicción que muy pocos podían anticipar: mientras mantiene una superioridad global en tonelaje, alcance y tecnología, arrastra una serie de problemas cotidianos de mantenimiento y sostenimiento que erosionan su imagen y, a la larga, su disponibilidad real. El ejemplo más claro lo tiene su portaaviones nuclear más avanzado y un enemigo al que no puede silenciar desde hace cinco años: las heces.
La gran paradoja. Como veremos, no es solo una cuestión de fotos feas o anécdotas internas, es más bien la suma de pequeñas averías y degradación material la que ha acabado convirtiéndose en un lastre operativo. Y lo más llamativo es que estos fallos aparecen tanto en buques veteranos como en plataformas punteras.
La guerra, pero contra las heces. El portaaviones nuclear más avanzado y caro del planeta, el USS Gerald R. Ford, lleva más de cinco años tropezando con un adversario que no tiene bandera ni misiles: su propio sistema de saneamiento.
El VCHT, un sistema de vacío para recoger, almacenar y transferir residuos, se atasca de forma recurrente y genera averías desde que el buque entró en servicio, hasta el punto de que durante su despliegue en 2023 los problemas se volvieron casi diarios. La ironía es brutal: un coloso concebido para proyectar poder durante semanas sin tocar puerto se ve condicionado por un circuito interno que se colapsa por algo tan básico como evacuar desechos humanos.
Una lección no aprendida. Lo más grave es que el problema del Ford no es nuevo, sino el segundo capítulo de un error que ya había dado señales clarísimas. El último Nimitz, el USS George H. W. Bush, fue el primer gran buque de la US Navy en incorporar un sistema de vacío de este tipo, y en 2011 llegó a tener las 423 tazas de váter fuera de servicio simultáneamente en dos ocasiones.
Aquello degradó la vida a bordo a niveles absurdos, con marineros orinando en duchas o fregaderos industriales, usando botellas y, en el caso de muchas mujeres, aguantando tanto que acabaron con problemas de salud. El patrón ya estaba escrito, y aun así se repitió en el buque llamado a ser el símbolo de la modernización naval.
Resistencia limitada. El VCHT se parece a sistemas usados en cruceros por su eficiencia en agua, pero en un portaaviones la complejidad se convierte en su peor enemiga. La red mueve residuos por succión a través de cientos de km de tuberías hasta tanques de tratamiento, y el diseño tiene una fragilidad estructural: si una sección pierde presión por un atasco, se pueden inutilizar todos los baños.
Esto no es un fallo menor, porque provoca crisis de habitabilidad y obliga a destinar tiempo de personal a reparaciones continuas, justo lo contrario de lo que prometía el buque. En un entorno donde el barco es literalmente una ciudad flotante, el saneamiento no es un detalle, es una infraestructura crítica.
Inodoros en el USS Ford
El precio de “tirar”. La solución parcial que se ha identificado es tan reveladora como deprimente: lavados con ácido de manera periódica para limpiar el sistema, algo no previsto como rutina durante toda la vida del buque. Cada operación puede costar más de 400.000 dólares, y además no se puede hacer en alta mar porque requiere instalaciones de mantenimiento y añade complicaciones técnicas y medioambientales, lo que encadena el problema a ventanas de astillero.
El resultado: no solo se atascan tuberías, también se atasca el ideal de autonomía logística total que justifica un superportaaviones nuclear. Y en plena era de presión presupuestaria, esto convierte una pieza clave de poder naval en una plataforma que necesita “rituales” carísimos para funcionar como algo tan básico como un baño.
Baños en el USS Enterprise
Factor humano y diseño. La Marina ha atribuido parte del problema a que se tiran objetos inapropiados, desde ropa hasta utensilios o productos de higiene, lo que suena plausible en un barco con miles de personas viviendo en condiciones de estrés. Pero el dato verdaderamente revelador es que un informe de la GAO señalaba que el sistema estaba infradimensionado para un buque de más de 4.000 tripulantes, lo que desplaza la culpa desde el comportamiento individual al diseño industrial.
Si una infraestructura no tolera el uso realista de su población objetivo, no apunta a un fallo de disciplina, sino a un fallo de ingeniería aplicada. En ese punto, el portaaviones deja de ser un “milagro tecnológico” para convertirse en un experimento demasiado optimista.
Gerald R. Ford durante la construcción en Newport News, junto con su equipo de construcción, 2013
Incluso el baño es política. En el Ford, además, se introdujo un concepto que en teoría aumentaba la flexibilidad de alojamiento: baños neutrales sin urinarios. Eso disparaba otras fricciones, porque cada inodoro ocupa más espacio que un urinario y la mayor parte de la tripulación sigue siendo masculina, lo que multiplica usos y tensión sobre el sistema en las horas pico.
Aquí, más que un debate cultural, todo apunta a un debate de eficiencia física dentro de un casco donde cada metro cuenta, y donde el diseño de habitabilidad repercute directamente en la carga sobre las tuberías. Al final, lo que parecía una mejora “moderna” puede haber añadido complejidad y estrés a una infraestructura que ya iba al límite.
Óxido en buque de guerra estadounidense
Óxido en cubierta. Si el caso del Ford es vergonzante, el óxido en los buques de superficie es grotesco por lo público, porque es lo primero que ve cualquiera cuando un destructor entra en puerto. La Armada reconoce que durante años ha “ignorado” el problema de la corrosión porque siempre había otra urgencia.
El detonante para priorizarlo: a Trump le llegó una imagen del USS Dewey con “óxido chorreando” y eso lo convirtió en asunto de primer nivel. El responsable técnico lo resumió con una frase devastadora: “Sabemos qué hacer, pero elegimos no hacerlo”.
Soluciones simples. Contaban en TWZ que la parte irónica es que muchas medidas contra el óxido suenan casi insultantemente sencillas, como usar mejores pinturas resistentes, mejorar desagües para desviar el agua, o incorporar materiales menos propensos a corroerse. También se busca reducir la carga de trabajo y el margen de error del personal, usando pinturas de un solo componente y procedimientos más “amigables”.
Y se insiste en no “tapar” el óxido pintando encima, sino limpiarlo de verdad con productos adecuados, que es exactamente lo que siempre se sabe que hay que hacer, pero se pospone. En términos militares, es el mismo patrón del baño: el coste de no intervenir temprano se dispara cuando ya es estructural.
El mensaje final. La lectura final de estos dos problemas es una advertencia sobre la naturaleza real del poder militar. Un portaaviones nuclear puede tener catapultas electromagnéticas y ascensores de munición de última generación, pero si su saneamiento se atasca con frecuencia, la vida a bordo se degrada y el buque pierde eficiencia humana, que es el combustible de cualquier operación sostenida.
Lo mismo con un destructor que, aunque puede llevar misiles avanzados, si la corrosión se acumula, aumenta el mantenimiento futuro y reduce la disponibilidad.
Imagen | USN, U.S. Navy, Reddir, NARA, @WARSHIPCAM
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La noticia
El mayor problema del portaaviones nuclear más avanzado de EEUU no es China ni Rusia: son las heces de sus soldados
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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