La geopolítica del siglo XXI ha encontrado su nuevo epicentro (otra vez) en un páramo blanco de 2,2 millones de kilómetros cuadrados. Tras la reciente operación militar en Venezuela que culminó con la captura de Nicolás Maduro, el presidente Donald Trump ha reactivado con una agresividad inédita su ambición más persistente: convertir a Groenlandia en territorio estadounidense.
Pero mientras la Casa Blanca vende la isla como un «lingote» de recursos estratégicos, los expertos advierten que la realidad bajo el hielo es una pesadilla de ingeniería que podría quebrar no solo las arcas de Washington, sino la propia arquitectura de seguridad occidental.
El mito de la riqueza inmediata. El argumento central de la administración Trump es la riqueza mineral. Se estima que la isla alberga entre 36 y 42 millones de toneladas de óxidos de tierras raras. Sin embargo, como relata Anjana Ahuja en su columna para Financial Times, la fascinación por estos minerales no es nueva. Ya en el siglo XIX, el mineralogista Karl Ludwig Giesecke catalogó tesoros como la criolita, el «oro blanco» de la época industrial.
Sin embargo, la realidad técnica es demoledora. Anthony Marchese, presidente de Texas Mineral Resources, explica en Fortune que «si vas a Groenlandia por sus minerales, hablas de miles de millones de dólares y un tiempo extremadamente largo». El problema no es la escasez, sino la accesibilidad física ya que no cuenta con infraestructura que conecte asentamientos, la red eléctrica no puede sostener minería a gran escala y, al norte de la isla, el clima solo permite trabajar seis meses al año. El resto del tiempo, la maquinaria debe hibernar bajo condiciones extremas.
La batalla por el subsuelo. El control de las tierras raras (neodimio, terbio, escandio) es vital para la tecnología de defensa y la transición verde. China controla hoy cerca del 90% de este mercado, y el proyecto Tanbreez en el sur de Groenlandia se perfila como la gran alternativa occidental. Según fuentes de la industria, la empresa planea empezar a extraer en 2027, pero los costes de procesamiento superarán los 1.000 millones de dólares.
Sin embargo, para expertos como Javier Blas, analista de energía en Bloomberg, este entusiasmo es, en gran medida, un powerpoint optimista. Blas advierte que el potencial de Groenlandia es más parte de un imaginario colectivo que de una realidad económica. «El mercado ya ha hablado», sostiene: si tras décadas de exploración ninguna gran minera ha logrado operar con éxito, es porque las concentraciones son bajas y la logística devora cualquier beneficio. Según Blas, la isla no es un Wonderland de materias primas; es un desafío económico que no ha producido ni un solo barril de petróleo a pesar de años de intentos.
La pinza de China. Aquí entra en juego el factor más polémico: el uranio. El yacimiento de Kvanefjeld, uno de los mayores del mundo, está en el centro de un arbitraje internacional. La empresa Energy Transition Minerals (ETM) —participada por capital chino— reclama 11.500 millones de dólares a Groenlandia tras la prohibición de minar uranio por motivos ambientales. Esta disputa legal sitúa a la isla en una pinza estratégica: Washington quiere el control para expulsar a Pekín, pero este ya está dentro del subsuelo a través de litigios y acciones empresariales.
El Ártico navegable. Más allá de las minas, el factor decisivo es el cambio climático. El deshielo está transformando el Ártico en un corredor comercial viable. Navegar desde Europa a Asia por el norte reduce la distancia en un 40% respecto al Canal de Suez.
Groenlandia no es solo una reserva de piedras preciosas; es un portaaviones insumergible en el centro de las nuevas rutas marítimas. Controlar la isla permite a EEUU aplicar lo que algunos analistas en Fortune llaman la «Doctrina Donroe» (un juego de palabras entre Trump y la Doctrina Monroe): asegurar el hemisferio como una esfera de influencia exclusiva, adelantándose a los rompehielos rusos y las inversiones logísticas chinas.
El factor de la «ilusión óptica» y el coste humano. A pesar de las promesas de Trump de «hacer ricos» a los groenlandeses, el sentimiento local es de rechazo. Encuestas recientes citadas por el New York Times, sitúan en un 85% la población que se opone a ser parte de Estados Unidos. Aunque el deseo de independencia de Dinamarca es real, los groenlandeses no quieren «cambiar un amo por otro».
Además, el coste de mantenimiento es astronómico. Dinamarca subvenciona a la isla con 600-700 millones de dólares anuales. Según Financial Times, para que EEUU replicara el estado de bienestar danés en la isla, la inversión necesaria ascendería a cientos de miles de millones de dólares. Alexander Gray, exmiembro del Consejo de Seguridad Nacional, admite que «las cuentas nunca cuadrarán», pero insiste en que el valor estratégico es «incalculable».
Entre la ambición y la realidad. El conflicto por Groenlandia resume la transición hacia un mundo donde la geografía vuelve a imponerse sobre la ley internacional. Para Donald Trump, la isla es el trofeo definitivo: territorio, recursos y un golpe de efecto contra el orden establecido. Para los geólogos y expertos en energía, es un recordatorio de que la voluntad política no puede derretir el hielo ni construir puertos donde no hay nada.
El Ártico ya no es un borde remoto del mapa, sino el nuevo centro de gravedad. Pero mientras el debate sigue en los despachos de Washington y Copenhague, los 57.000 habitantes de la isla observan con recelo cómo su hogar se convierte en la pieza más codiciada de una partida de ajedrez global que apenas comienza.
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La noticia
El problema de Groenlandia no es que no tenga minerales: es que sacarlos de allí es una pesadilla de ingeniería
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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