Durante años, la transición energética europea avanzó sin desbancar del todo a los combustibles fósiles. El año pasado marcó ese punto de inflexión. De acuerdo con el informe European Electricity Review 2026, la eólica y la solar generaron el 30% de la electricidad de la UE en 2025, superando por primera vez al carbón, el gas y el petróleo juntos, que bajaron al 29%.
Como explica la Dra. Petrovich de Ember, estamos ante un crecimiento de récord. No es normal pasar de una cuota del 20% al 30% en solo cinco años, pero las cifras están ahí. El mapa energético está cambiando: ya son 14 los países de la UE donde el viento y el sol generan más que el gas o el carbón. En este escenario, España, Grecia o Hungría ya juegan en la liga de las potencias solares.
Más allá de la estadística. El hito no implica que Europa haya dejado atrás los combustibles fósiles ni que el gas haya desaparecido del sistema, sino que cambia la jerarquía del mix eléctrico. Por primera vez, las energías renovables variables pasan a ocupar el centro del mix eléctrico, mientras que los fósiles quedan relegados a un papel de respaldo técnico y de seguridad. Según Ember, las energías renovables en su conjunto aportaron el 48% de la electricidad de la UE en 2025, prácticamente la mitad del total, una cifra que se mantuvo estable incluso en un año marcado por condiciones meteorológicas adversas, con menos viento y menos lluvia de lo habitual.
El carbón, el combustible más contaminante del sistema, continúa su retirada. En 2024 cayó hasta el 9,2% del mix eléctrico europeo, un mínimo histórico frente a casi el 25% que representaba hace una década. El gas, por su parte, repuntó ligeramente respecto a 2024, aunque sigue un 18% por debajo de su máximo de 2019, lo que confirma que su papel en el sistema es cada vez más residual. Este reequilibrio tiene consecuencias que van más allá del mix energético: la dependencia de combustibles fósiles importados sigue siendo el principal foco de inestabilidad de precios y vulnerabilidad estratégica en Europa, incluso al margen del debate climático.
Cinco años que lo cambiaron todo. El sorpasso —como se ha empezado a llamar en el sector— no es el resultado de un invierno suave ni de un golpe de suerte meteorológico. Es la consecuencia de un crecimiento sostenido, especialmente de la energía solar, durante la última década, acelerado de forma muy notable en los últimos cinco años.
De acuerdo con el informe, la generación solar creció un 20,1%, siendo este el cuarto año consecutivo con incrementos superiores al 20%, una tasa de crecimiento sin precedentes en la historia energética europea. En términos absolutos, la solar alcanzó 369 teravatios hora (TWh), más del doble que en 2020, y solo el aumento anual de 2025 equivale a la producción eléctrica de tres reactores nucleares franceses.
Un crecimiento vertiginoso. Esta expansión responde principalmente a la capacidad instalada. En 2025 se añadieron 65,1 GW de nueva potencia solar en la UE, repartidos casi a partes iguales entre grandes plantas y autoconsumo en tejados. Todos los países comunitarios incrementaron su producción solar, y en varios de ellos —Hungría, Chipre, Grecia, España y Países Bajos— el sol ya aporta más del 20% de la electricidad nacional.
En cuanto a la eólica, aunque más afectada por las condiciones climáticas de principios de año, se mantiene como la segunda mayor fuente eléctrica de la UE, con un 17% del total, por encima del gas. El sistema, por tanto, empieza a apoyarse de forma estructural en renovables variables, algo impensable hace apenas una década.
El reverso del éxito: cuando el gas sigue marcando el precio. Pese al avance histórico de la eólica y la solar, 2025 dejó claro que el gas sigue teniendo un peso desproporcionado en el sistema eléctrico europeo, especialmente en la formación de precios. Según el think tank, la generación eléctrica a gas aumentó un 8% en la UE, principalmente para compensar la caída de la energía hidroeléctrica provocada por la sequía, y este mayor uso del gas elevó la factura de importación del sector eléctrico hasta los 32.000 millones de euros, un 16% más que el año anterior.
El impacto fue especialmente visible en los mercados eléctricos. Ember detecta que los picos de precios se concentran en las horas con mayor uso de gas, mientras que las horas con abundancia de solar y viento tienden a abaratar la electricidad. En 21 países europeos, los precios mayoristas subieron en 2025, impulsados casi exclusivamente por estas franjas horarias fósiles. Aquí es donde entra la paradoja del sistema actual: aunque el gas ya no domina por volumen, sigue marcando el precio marginal del mercado en los momentos críticos. En otras palabras, a pesar de la sobreoferta, la estructura de precios sigue condicionada por el combustible fósil cuando faltan viento o sol.
La nueva frontera energética. El informe de Ember dedica un capítulo entero a lo que considera el próximo gran frente de la transición: el almacenamiento y la flexibilidad del sistema. Sin estas piezas, advierte, el sorpasso corre el riesgo de quedarse en una victoria estadística. Este era uno de los grandes déficits de la transición europea: invertir masivamente en generación sin hacerlo al mismo ritmo en redes y almacenamiento. Las baterías emergen ahora como la pieza que conecta el éxito renovable con precios estables y seguridad del suministro.
El año pasado, la UE superó por primera vez los 10 GW de baterías a gran escala en operación, más del doble que en 2023. Además, existe una cartera de proyectos que podría elevar esa cifra por encima de los 40 GW si se ejecuta íntegramente. Las primeras señales ya son visibles en países como Italia, donde las baterías han empezado a cubrir parte de la demanda en horas punta de gas, reduciendo precios y desplazando generación fósil.
Cuellos de botella físicos: la infraestructura europea. No es solo una cuestión de cuánta energía se genera, sino de por dónde entra y cómo circula dentro del continente. Europa ha reducido su dependencia directa del gas ruso, pero sigue enfrentando limitaciones físicas en terminales, redes de transporte y conexiones transfronterizas. Esta sustitución del gas ruso se ha visto frenada por la lentitud en la construcción de instalaciones críticas, como terminales de regasificación y redes de alta capacidad, y por la insuficiente interconexión entre sistemas eléctricos nacionales.
Este cuello de botella explica por qué países con abundante producción renovable, como España, a menudo no pueden exportar fácilmente ese excedente, o por qué el sistema europeo en su conjunto aún depende de reservas fósiles para garantizar estabilidad ante picos de demanda.
Barriendo para casa. Según Ember, la eólica y la solar generaron el 42% de la electricidad española en 2025, diez puntos por encima de la media comunitaria Sin embargo, España también fue uno de los países donde más aumentó el uso del gas. La generación a gas creció un 19%, no por falta de renovables, sino por necesidades técnicas del sistema.
Tras el apagón de abril de 2025, Red Eléctrica optó por reforzar la estabilidad de la red manteniendo centrales de gas en funcionamiento preventivo. España produjo más energía limpia que nunca, pero pagó como si no fuera así. El sistema quemó más gas del necesario, dejó escapar electricidad renovable y cerró 2025 como el tercer ejercicio más caro para los consumidores, una paradoja difícil de explicar al ciudadano medio.
La raíz del problema no está en la generación, sino en los cuellos de botella: ocho de cada diez nudos de la red están saturados, el almacenamiento va con retraso y las conexiones con Europa siguen sin dar la talla. España produce energía limpia en abundancia, pero no siempre puede usarla ni exportarla.
Mirando a 2026: ¿consolidación o cuello de botella? De cara a 2026, Ember es claro: el camino del sorpasso está abierto, pero no garantizado. Si la UE no acelera el despliegue de baterías, redes y mecanismos de flexibilidad de la demanda, el gas seguirá siendo el árbitro silencioso del sistema eléctrico.
En España, los cambios regulatorios aprobados en 2025 deberían permitir que las renovables y el almacenamiento asuman funciones que hasta ahora recaían exclusivamente en el gas. Además, ahora se añade nuevos factores de presión: la llegada masiva de centros de datos, la subida de peajes eléctricos y la creciente tensión territorial sobre la red.
Un hito que no es el final. Europa ha demostrado que es capaz de producir más electricidad limpia que fósil. Es un logro histórico, técnico y político. Sin embargo, lo que está claro es que generar no es suficiente.
El verdadero éxito de la transición no se medirá solo en porcentajes de eólica y solar, sino en si esa abundancia se traduce en precios bajos, estabilidad del sistema y menor dependencia exterior. El sorpasso marca un punto de no retorno. Ahora empieza la fase más compleja: convertir el liderazgo renovable en bienestar económico y seguridad energética para los ciudadanos europeos.
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La noticia
Europa produce más electricidad limpia que fósil por primera vez. Lo difícil empieza ahora
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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