
Cuando era pequeña y vivía en Suiza, existía una regla tácita que todos conocíamos: los zapatos no pasaban del felpudo. Era habitual ver pequeños estantes fuera de las puertas, en el rellano, donde se abandonaba el calzado que había pisado la calle. Para nosotros era la norma, pero al cruzar fronteras, esa costumbre se desvanecía. Hoy, sin embargo, la situación parece estar cambiando globalmente. Lo que antes veíamos como una curiosidad cultural de Japón o una excentricidad nórdica, empieza a cobrar sentido en el resto del mundo.
El contraste es fascinante. Mientras en muchos hogares occidentales la limpieza se entiende como una reacción (limpiar lo que se ha ensuciado), en otras culturas se trata de un diseño de vida preventivo.
En Japón el secreto no es limpiar durante horas, sino evitar que la suciedad cruce el umbral: «La limpieza no es una reacción, sino un diseño de vida basado en la prevención». Esta filosofía se extiende incluso al aire que respiran; documentos técnicos sobre ventilación residencial japonesa destacan la importancia crítica de crear «pasajes de aire» abriendo ventanas opuestas para expulsar partículas en suspensión, una obsesión por la higiene ambiental que comienza, invariablemente, en la puerta de entrada.
Y no es solo una cuestión de percepción visual. Un estudio de la Universidad de Macquarie en Sídney, lo pone en perspectiva: hasta el 60% del polvo y la suciedad que se acumula en el interior de una casa proviene del exterior, y entra, precisamente, por nuestros pies.
La arquitectura de la costumbre
¿Por qué el mundo se divide entre los que se descalzan y los que no? La respuesta reside en una mezcla de clima, arquitectura y filosofía.
En Japón, la frontera es física. Según explica el medio digital Nippon, las casas cuentan con el genkan, una zona específica en la entrada con un escalón llamado agari kamachi. Este escalón marca el límite sagrado entre el «mundo exterior» (sucio) y el «mundo interior» (limpio). Además, la arquitectura tradicional nipona utiliza suelos de tatami (esteras de paja), un material delicado que se destrozaría con el calzado rígido de calle.
En el mundo anglosajón, la resistencia es cultural. El periodista Jeff Yang relata en The Guardian una anécdota reveladora sobre su tía taiwanesa, quien le dijo una frase lapidaria al verle entrar calzado: «Cuando entras a mi casa con zapatos, estás caminando sobre mi corazón». Este choque ilustra la división: para unos es respeto; para otros, como indica Real Simple, donde solo el 31% de los estadounidenses se descalza siempre, es una imposición incómoda.
En España, la historia es distinta y tiene sus propias peculiaridades. No existe una tradición arraigada de descalzarse al entrar. Históricamente, hacerlo en casa ajena podía interpretarse incluso como una falta de educación o una confianza excesiva («tomarse demasiadas confianzas»). A diferencia de los países nórdicos o asiáticos, en España se confía en la limpieza reactiva, algo que los usuarios en foros de debate como Reddit resumen con humor e ironía: «Podemos permitirnos esa costumbre porque inventamos la fregona».
Sin embargo, la tendencia está virando tras la pandemia. Cada vez más anfitriones imponen la norma del «zapato cero» por higiene. Es el caso de la influencer de estilo de vida Patricia Fernández quien, citada en Lecturas, asegura que «quitarse los zapatos en la entrada es su norma número 1», ofreciendo siempre opciones cómodas o cestas con zapatillas para sus invitados.
Más allá de la suciedad visible, quitarse los zapatos tiene un profundo impacto psicológico y simbólico. No es solo higiene, es un ritual de transición. El doctor Manuel Viso explicaba que descalzarse envía una señal potente a nuestro cerebro: «Cambiamos de ambiente, relájate, estamos en casa, ya dejamos el trabajo atrás». Es un interruptor físico para la desconexión mental, como cambiarse ropa.
Desde una perspectiva energética, la experta en Feng Shui Gloria Ramos detalla en Revista Interiores que la puerta principal es «la boca del Qi» (la energía vital). Dejar los zapatos tirados o entrar con ellos bloquea esa energía y el bienestar del hogar. Incluso la forma de hacerlo importa, en Japón la etiqueta exige no solo quitarse los zapatos, sino girarlos para que apunten hacia la puerta (listos para la salida) y hacerlo sin dar la espalda al anfitrión, un gesto que denota respeto y consideración hacia la comunidad que habita esa casa.
La ciencia inclina la balanza de forma contundente
Aquí es donde el debate cultural choca con la realidad microscópica. Si pensabas que tus zapatos estaban limpios porque no pisaste barro, los expertos tienen malas noticias.
«El 99% de los zapatos analizados dan positivo en materia fecal», afirma rotundamente el farmacéutico Álvaro Fernández en El Periódico de Aragón. Esto se debe a que caminamos por calles donde hay restos invisibles de excrementos de animales y suciedad de baños públicos. El microbiólogo Jonathan Sexton, de la Universidad de Arizona, confirma en Muy Interesante que casi todas las suelas albergan bacterias como E. coli (presente en el 96% de los casos) y Clostridium difficile, una bacteria que causa problemas intestinales graves.
Pero no son solo bacterias. Según The Conversation, los zapatos transportan pesticidas de los jardines, plomo del polvo urbano y selladores de asfalto cancerígenos que acaban en el aire de nuestro salón.
Es importante no caer en el alarmismo. Aunque los zapatos son centros de suciedad, no son los únicos culpables. Un estudio publicado en Scientific Reports advierte que los teléfonos móviles también son «plataformas microbianas peligrosas» que albergan un amplio espectro de organismos, a menudo resistentes a antibióticos, y que nos llevamos constantemente a la cara. Es un recuerdo más de que objetos como el móvil o las esponjas de cocina pueden tener tanta o más carga bacteriana que el calzado.
Aun así, expertos como Kevin Garey matizan que, aunque para un adulto sano el riesgo de infección por el suelo es bajo (ya que no vivimos a ras de suelo), la recomendación es estricta si hay niños que gatean o personas inmunodeprimidas en casa.
La tendencia es clara: la frontera del felpudo se está endureciendo en occidente, pero con nuestro propio estilo. No tenemos genkan, pero hemos aprendido a adaptar nuestros recibidores.
Cada vez más hogares incorporan bancos, cestas de mimbre o zapateros estrechos en la entrada para facilitar esta transición sin perder estilo. Incluso el mercado ha respondido a esta demanda: ya no es extraño encontrar en tiendas como Alehop kits de «invitados» con pantuflas listas para las visitas. Quizás no tengamos un tatami delicado ni un protocolo milenario, pero la evidencia científica y la búsqueda de confort mental nos están llevando al mismo punto: dejar los zapatos en la puerta no es una manía, es el primer paso real para sentirse, por fin, en casa.
Imagen | Freepik
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La noticia
Hay un motivo por el que los japoneses no necesitan limpiar el polvo tanto como nosotros. Y lo puedes aplicar fácilmente
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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