
Durante las últimas tres décadas, las democracias occidentales han operado bajo un espejismo intelectual. Las élites, cegadas por un sesgo neoclásico, asumieron que el control de la propiedad intelectual, los instrumentos financieros y el código de software constituía la cúspide de la creación de valor.
En esta visión del mundo, los procesos físicos —el «trabajo sucio» de la minería, la refinación y la manufactura— eran considerados servicios básicos de bajo margen que podían externalizarse a jurisdicciones de bajo coste sin riesgo estratégico. Como explica Gillian Tett en su columna de Financial Times, este sesgo cognitivo permitió a China dominar las cadenas de suministro globales sin apenas protestas.
El deterioro material de Occidente. La esencia del problema actual la define el inversor Craig Tindale en su ensayo «El regreso de la materia». En él argumenta que Occidente ha sufrido un «desarme estratégico» al desmantelar su economía productiva nacional en favor de la eficiencia financiera trimestral.
Como detalla Tindale, se cayó en la «paradoja de la materia prima»: creer que poseer el mineral en bruto equivale a poseer el material utilizable. Mientras Occidente posee vastos depósitos geológicos, China ha monopolizado el «Midstream», es decir, la capacidad industrial pesada para refinar, fundir y purificar estos materiales en formas útiles. Sin esta capacidad, una mina de litio en Australia o una de cobre en Arizona son simplemente canteras para una fundición china; no son activos estratégicos para Occidente si Pekín posee las llaves para acceder a ellos.
Los datos están ahí. Los datos del dominio industrial chino son, como describe el inversor Craig Tindale, abrumadores y sin precedentes en la historia, consolidando lo que él denomina «soberanía de procesamiento»:
- Galio: China controla aproximadamente el 98% de la producción global, un material que resulta esencial para los radares AESA, las redes 5G y los semiconductores del futuro.
- Tierras raras: El gigante asiático domina el 90% de la capacidad de separación química —el verdadero «muro de separación» técnico— y más del 90% de la producción de imanes de NdFeB, vitales para motores de vehículos eléctricos y sistemas de defensa.
- Grafito: Controla más del 90% de la producción de ánodos de grafito, el componente indispensable de prácticamente todas las baterías de iones de litio.
- Magnesio y Polisilicio: Su control se extiende al 90-95% de la fundición de magnesio (clave para aleaciones de aluminio) y al 95% del polisilio necesario para la energía solar.
Como bien apunta Tett, mientras Occidente se obsesionaba con el software y los servicios, China construía silenciosamente la infraestructura física que hoy le otorga una ventaja competitiva masiva en la carrera por la inteligencia artificial y la transición energética. Esta realidad física es la que ha forzado a la administración Trump a intentar redibujar el mapa energético mediante la toma del crudo venezolano, buscando desesperadamente recuperar el control sobre la «materia».
El muro eléctrico de la IA. Esta realidad física ha revelado que la carrera por la Inteligencia Artificial no es solo una cuestión de código o chips. El liderazgo digital de Occidente tropieza ahora con el límite físico de la energía barata. Satya Nadella, CEO de Microsoft, y Jensen Huang, director de Nvidia, coinciden en que el mayor problema actual no es el exceso de chips, sino la falta de electricidad para conectarlos.
En este tablero, China ha pasado de ser un petroestado dependiente a convertirse en el primer «Electroestado» del mundo. Pekín produce ahora 2,5 veces más electricidad que EEUU y construye el 74% de todos los proyectos solares y eólicos actuales en el planeta. Al invertir masivamente en electrificación, China está expandiendo una infraestructura que podría darle una ventaja definitiva en la carrera de la IA.
La trampa venezolana. Ante este panorama, la administración de Donald Trump ha aceptado la importancia de la materia física, pero parece decidida a luchar con herramientas del siglo pasado. La toma del crudo venezolano busca consolidar bajo influencia estadounidense las reservas de Venezuela, Guyana y EEUU, lo que representaría cerca del 30% de las reservas petroleras mundiales según un informe de JPMorgan.
Sin embargo, el petróleo venezolano por sí solo no puede resolver el problema de la IA. Como advierte Gillian Tett, mientras Washington pide al mundo que compre infraestructura del siglo XX (combustibles fósiles), Pekín ofrece infraestructura del siglo XXI (energías renovables y redes de alta tensión). Además, el crudo de Venezuela está «hipotecado»: el país debe hasta 60.000 millones de dólares a China bajo el modelo de petróleo por préstamos, y su infraestructura está en ruinas.
El vacío de habilidades y el choque de «relojes». Reconstruir la soberanía industrial no es solo una cuestión de dinero. Occidente ha cerrado su capacidad industrial pesada durante treinta años, provocando un «cuello de botella humano». Los metalúrgicos e ingenieros de procesos que saben ajustar un horno inestable o un tren de separación química están jubilando sin relevo.
Tindale postula además un conflicto de horizontes temporales. El «Reloj Financiero occidental», que exige beneficios trimestrales, ha desestabilizado al «Reloj Industrial» (que requiere décadas de inversión) y al «Reloj de Guerra» (que exige reservas inmediatas). Mientras los relojes de China están sincronizados por el Estado, Occidente sigue atrapado en la eficiencia financiera de corto plazo.
¿Hacia una soberanía rematerializada? El informe de JPMorgan sugiere que EEUU ha ganado la batalla a corto plazo por el crudo venezolano. Pero, como concluye Gillian Tett, corre el riesgo de perder la guerra estratégica global por la energía que alimentará la IA.
La tesis de Tindale es tajante: una civilización que financiariza todo acaba sacrificando la base material que la mantiene independiente. Si Occidente no reconstruye sus fundiciones, refinerías y fábricas, renunciará a la soberanía material que sustenta la democracia, convirtiéndose en una simple «cantera» rica en recursos pero pobre en capacidad frente a un rival que ya posee las llaves del mundo físico.
Imagen | Freepik
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La noticia
Hemos pasado 30 años olvidando cómo se fabrican las cosas. Ahora China tiene las llaves de la materia y Occidente está en pánico
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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