Desde que somos pequeños, la sociedad nos ha bombardeado con un mensaje bastante claro: hay que ser buenas personas. Es un imperativo moral, sí, pero durante las últimas décadas la ciencia ha intentado responder a una pregunta mucho más pragmática: ¿ser amables con los demás tiene un impacto real en nuestra felicidad? Aquí es donde un grupo de investigadores ha querido dar una respuesta.
Lo que conocemos. La respuesta a esta pregunta es ‘sí’ según los últimos artículos que se han publicado al respecto. Pero hay que tener presente que llevar la bondad al extremo, dejándonos ‘la piel’ por los demás sin atender a nuestras propias necesidades, tiene un impacto real que se traduce en burnout y también en un gran desgaste emocional.
Y seguramente, algunas personas pueden verse muy reflejadas en estos conceptos de literalmente estar muy ‘quemadas’ por ser muy amables con los demás y atender a todos los favores que te piden sin pensar en uno mismo.
La parte positiva. La idea de que «las buenas personas son más felices» no es una simple frase de Mr. Wonderful, sino que es una conclusión con un respaldo empírico sólido, especialmente en el campo de la psicología positiva. Aquí los investigadores pudieron ver, por ejemplo, en una muestra japonesa que las personas más felices realizaban más actos de bondad diarios.
Es más, descubrieron que obligar a la gente simplemente a «contar» durante una semana sus propios actos amables incrementa de forma medible su felicidad.
Hay más estudios. Más allá de este caso, que es muy clásico, la bibliografía nos deja un gran metaanálisis que revisó décadas de investigación para concluir que ayudar, donar o apoyar a otros se asocia de forma consistente con un mayor bienestar persistente, aunque fuera modesto en algunos casos. Algo que también se demostró en los trabajos experimentales de Sonja Lyubomirsky, que dejó claro que asignar a un grupo de personas la tarea de «realizar actos de bondad» eleva significativamente su bienestar frente a los grupos de control.
La parte negativa. Si ser bueno es tan positivo… ¿Deberíamos entregarnos a los demás sin límite? Aquí la respuesta es un rotundo ‘no’. Como siempre se ha escuchado, en el punto medio es donde está la virtud, puesto que llegar a un altruismo absoluto provoca la fatiga por compasión y el burnout. Y no es para menos, porque el altruismo llevado al extremo, especialmente en contextos de alta exigencia, es peligroso.
Los estudios sobre profesionales de la salud y cuidadores muestran de una manera clara que una alta exposición al sufrimiento ajeno, combinada con una fuerte orientación compasiva pero sin límites claros, dispara el riesgo de colapso psicológico y, por ende, problemas graves como ansiedad.
Sus consecuencias. Un estudio empírico sobre el altruismo que existe entre compañeros de trabajo revelaba que, aunque ayudar a los colegas de manera constante fomenta la cooperación, a largo plazo se asocia a un gran cansancio emocional y despersonalización de la relación. Es decir, el sistema colapsa si la ayuda se cronifica y absorbe los recursos propios.
Y el problema es que cuando las personas son muy compasivas con el resto del mundo, son normalmente incapaces de serlo consigo mismas y presentan un desgaste mucho mayor. Aquí la empatía necesita un escudo protector que no es más ni menos que una serie de límites ante las relaciones interpersonales. Aunque lógicamente hay casos que son difíciles de marcar porque tendemos a ser demasiado bondadosos.
La sociedad. Para entender por completo el cuadro de la bondad humana, hay que hacer zoom out ya que no se trata de lo que hacemos de manera individual, sino del ecosistema donde se está viviendo. Aquí el World Happiness Report 2025 dedica un capítulo entero a analizar a nivel global cómo interactúan la amabilidad y la felicidad. Y sus conclusiones son reveladoras, puesto que apuntan a que el mayor predictor de felicidad individual no es la frecuencia con la que hacemos actos buenos, sino la expectativa de que los demás también lo serán.
En este caso, el informe pone un ejemplo muy ilustrativo: la expectativa de que, si pierdes la cartera, un desconocido te la devuelva. Aquí, creer en la bondad de los demás tiene un impacto brutal en la reducción de la desigualdad de felicidad dentro de un país, y como señala la red SDSN en su adaptación de los datos para España, «creer en la bondad de los demás está mucho más relacionado con la felicidad de lo que se pensaba».
Imágenes | Brooke Cagle
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La noticia
La ciencia tiene claro que ser buena persona da la felicidad. El problema es el coste oculto de «pasarse de bueno»
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
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