El ser humanos siempre ha tenido una relación especial con el vuelo. Cuentan que Ícaro voló tan alto para salir de Creta que sus alas se acabaron derritiendo por la acción del sol. Muchos años más tarde, en 1903, los hermanos Wright echaron a volar durante 12 segundos. Desde entonces se han sucedido todo tipo de aeronaves y accesorios para volar: desde los aviones comerciales a los militares, pasando por los zepelines y todo tipo de artilugios para deportes extremos.
Lo que nunca imaginamos es que uno de esos artilugios iba a tomar un nombre insospechado: pene.
¿Qué ha pasado? Algo tan simple como complejo: el pene de los saltadores de esquí está en el punto de mira. Coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Invierno que dan inicio el viernes 6 de febrero de 2026 en el norte de Italia, se ha extendido el rumor de que los deportistas están utilizando sus penes como parte de un dopaje tecnológico que les haría volar más lejos.
Las informaciones que apuntaban a un posible (y más que peculiar) dopaje entre los saltadores de esquí tienen su origen en una información del diario alemán Bild el pasado mes de enero. En él se apuntaba que los deportistas se estaban inyectando ácido hialurónico en el pene para engordar su tamaño. El objetivo, volar más lejos. Literalmente.
¿Por qué? Los saltadores de esquí no pueden utilizar el traje que a ellos más les convenga. Antes de las competiciones, la federación responsable realiza unos estudios en 3D del cuerpo de los deportistas para que utilicen los trajes que ás se ajusten a su cuerpo. Si el saltador llegara a estas mediciones con el pene inflamado, podría utilizar una talla más amplia en su traje. Esto crearía una superficie mayor en el mismo y, por tanto, ayudar a mantenerlo más tiempo en el aire, haciendo funciones parecidas a las de un paracaídas.
Al contrario que un boxeador, que pierde peso antes de pasar por la báscula a menudo deshidratándose, en este caso se trata de aumentar el tamaño del pene para que cuando se salte sea más chiquitito y que sobre tela.
5,8 metros. Los deportes de invierno, como cualquier otro deporte de élite, se han convertido en una carrera por conseguir ganancias marginales que pueden marcar la diferencia cuando hablamos de segundos, metros y, en este caso, centímetros.
Según The Times, incrementar en dos centímetros la superficie de la entrepierna puede supone un beneficio de hasta 5,8 metros. Eso, en puntuación, puede marcar la diferencia entre ganar o no una medalla y su color. En los saltos de esquí se mide la distancia y la técnica en dos puntuaciones separadas, incluyendo una corrección de viento.
¿Es dopaje? Es la gran cuestión aquí. De momento, la AMA (Agencia Mundial Antidopaje) parece que se lava las manos, señalando que inyectarse ácido hialurónico en el pene no parece incrementar el rendimiento de los deportistas. En este caso hablaríamos de dopaje tecnológico. Es decir, utilizar el material utilizado en tu beneficio para conseguir ventajas marginales que marcan la diferencia.
En The New York Times destacan que no sería el primer caso de dopaje tecnológico que se estaría estudiando en estos Juegos Olímpicos de Invierno. A Inglaterra se le ha prohibido participar con unos nuevos cascos en la prueba de Skeleton que mejoraba la aerodinámica de sus deportistas. Desde Inglaterra se defienden asegurando que esos nuevos cascos son más seguros que los antiguos.
Buscando la laguna en el reglamento. Desde la profesionalización del deporte se ha trabajado en buscar lagunas al reglamento para utilizarlo en beneficio propio. El ejemplo más claro está en la Fórmula 1 que ha visto desde coches con seis ruedas a monoplazas que utilizan turbinas. Moto GP vive ahora en una obsesión constante con la aerodinámica.
Pero jugar en los márgenes es algo que también se ha utilizado en deportes donde el físico del deportista es determinante. El atletismo ha puesto freno al uso de nuevas espumas y placas de carbono en zapatillas que han reventado récords. En el ciclismo también se ha mirado con lupa los calcetines y se ha prohibido el uso del transistor en el pecho para mejorar la aerodinámica del cuerpo.
Aunque, probablemente, el caso más parecido al Penisgate es el de los bañadores de cuerpo entero fabricados íntegramente en poliuterano que provocaron un antes y un después en la historia de la natación. Su uso quedó prohibido porque aumentaba la flotación del nadador. Pero, sobre todo, después de que en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 se rompieran 14 plusmarcas internacionales y, ya popularizados, hasta 43 récords mundiales en los Mundiales de Natación del año siguiente en Roma.
Foto | Todd Trapani
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La noticia
Los Juegos Olímpicos de Invierno se están enfrentando al dopaje tecnológico más insospechado: pinchazos en el pene
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alberto de la Torre
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