
En la inmensidad de la provincia de Qinghai, donde la meseta tibetana se funde con el desierto de Gobi, el polvo y la roca han cedido su dominio a una megaobra de 610 kilómetros cuadrados. Este «mar de silicio» —del tamaño de la ciudad de Madrid— alberga siete millones de paneles fotovoltaicos que han transformado el ecosistema: la sombra de las placas retiene la humedad y permite que miles de «ovejas fotovoltaicas» pasten hoy donde antes solo había arena.
Sin embargo, este despliegue masivo tropezaba con una barrera física. Como explica el investigador Wang Junjie, la energía solar y eólica son «aleatorias e intermitentes»; cuando el sol se pone en el Gobi, la red eléctrica tiembla. Para estabilizar este gigante, China ha ido más allá del litio convencional, apostando por el almacenamiento de aire líquido.
Gigantes blancos en el desierto. En las afueras de la ciudad de Golmud, una hilera de tanques blancos se alza como centinelas contra el horizonte. Es el proyecto de almacenamiento de energía de aire líquido (LAES) más grande del mundo, apodado por los medios chinos como el «Super Air Power Bank».
Según la agencia Xinhua, esta instalación de la empresa estatal China Green Development Investment Group (CGDG) ha entrado en su fase final de puesta en marcha. No es una batería cualquiera: su capacidad es de 60.000 kilovatios (60 MW) y puede liberar hasta 600.000 kWh por ciclo, una descarga capaz de sostener el consumo diario de decenas de miles de hogares.
La física contra el litio. ¿Por qué China ha apostado por esta tecnología en lugar de sus populares baterías de iones de litio? La respuesta reside en la escala y la geografía. Mientras que el litio es ideal para dispositivos móviles o coches, a escala industrial enfrenta problemas de costes y degradación.
El aire tiene una ventaja difícil de igualar: está ahí y no cuesta nada. Y, como recuerda CleanTechnica, cuando se convierte en aire líquido su densidad se dispara, hasta 750 veces más que la del aire normal, lo que permite almacenar energía en grandes cantidades sin presas ni condicionantes geográficos.
La alquimia del frío: De gas a líquido a -194°C. El funcionamiento del sistema es una proeza de la ingeniería criogénica. Según detalla Xinhua, el proceso se divide en tres fases críticas:
- Carga (Compresión): Durante el día, el excedente solar de una planta cercana de 250 MW acciona compresores gigantes. El aire se purifica y se enfría hasta alcanzar los -194 grados Celsius (-317 °F). A esa temperatura extrema, el aire se vuelve líquido.
- Recuperación de calor: El calor generado durante la compresión se almacena en tanques esféricos de alta presión para ser reutilizado.
- Descarga (Expansión): Cuando la demanda eléctrica sube o el sol desaparece, el aire líquido se calienta. Al vaporizarse, su volumen se expande de forma explosiva (750 veces), impulsando una turbina que genera electricidad de nuevo para la red.
Este ciclo, según el investigador Wang Junjie, alcanza una eficiencia de almacenamiento en frío superior al 95% y una eficiencia de «ida y vuelta» del 55%, aprovechando lo que de otro modo sería calor residual y eliminando la necesidad de materiales raros.
Un laboratorio global en el «techo del mundo». China no es la única nación en esta carrera. El Reino Unido espera completar una planta similar en Manchester para 2026, y Corea del Sur también ha logrado avances en esta tecnología. Sin embargo, la escala china es, de nuevo, incomparable.
No obstante, el éxito de estos proyectos en Qinghai se debe a una planificación centralizada que combina tres fuentes: solar, eólica e hidroeléctrica. A 3.000 metros de altura, el aire frío y puro mejora la eficiencia de los paneles, y la electricidad generada es ya un 40% más barata que la del carbón. Esta energía no solo ilumina hogares; alimenta los centros de datos que impulsan la Inteligencia Artificial de China, utilizando el aire gélido de la meseta para refrigerar los servidores.
De la fábrica al motor del mundo. Como reflexiona el profesor Ningrong Liu, China ya no quiere ser solo la «fábrica del mundo», sino el «motor» de esa fábrica, exportando su ingeniería y su modelo de red verde. El proyecto de Golmud es el símbolo de una paradoja: el país que más CO2 emite es también el que construye la salida más rápida del carbono. En el silencio del Gobi, entre tanques criogénicos y pastores de ovejas, China está demostrando que el aire que respiramos puede ser, literalmente, el combustible que sostenga el siglo XXI.
Imagen | Freepik y Bureau of Land Management
Xataka | En el techo del mundo, China está construyendo el mayor parque solar del planeta
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La noticia
Ni litio ni agua: China apuesta por el aire líquido para estabilizar su mayor mar solar en el techo del mundo
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por
Alba Otero
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