Si el día menos pensado alguien de la RAE me llamase preguntando por una definición precisa de una guerra, mi respuesta sería clara: un conflicto armado entre dos o más países que acaba indefectiblemente subiéndonos el precio de la cesta del supermercado.
Y lo que está pasando al norte (y al sur) del Estrecho de Ormuz no iba a ser una excepción.
Un ‘timing’ casi perfecto. Desde que el 28 de febrero Estados Unidos e Israel lazaran sus ataques sobre Irán, la situación se ha descontrolado en muchos frentes. Y no solo es que se haya cerrado virtualmente el tránsito de gasóleo a través del estrecho, que también; es que, aunque mucha gente no lo sabe, un tercio de la urea del mundo pasa por esa vía marítima (y, de hecho, mucha se fabrica en las plantas de licuefacción que han sido atacadas estos días).
Es decir, buena parte del stock internacional de fertilizantes nitrogenados se ha visto comprometido justo en el momento en el que el hemisferio norte inicia su campaña de siembra.
¿Y qué ha ocurrido? Que, en consonancia, el precio ha pasado de los 400 dólares la tonelada a más de 600 en una semana. De hecho, el índice norteamericano llegó a los 810 dólares.
Esta historia ya nos la sabemos. En 2022, tras la invasión de Ucrania, vivimos un shock muy parecido. Rusia representaba en torno al 16% de las exportaciones de urea y en torno al 12% de los fosfatos. Es más, junto a Bielorrusia, producían casi el 40% del potasio del mercado internacional. La situación se descontroló y los precios se dispararon.
El problema es que en 2022, el problema era de sanciones y (muchas veces bajo cuerda) el mercado pudo redirigirse y las cadenas logísticas amortiguaron un poco el golpe. Ahora mismo y sin una vía alternativa para sacar urea del Golfo, no hay plan B que valga. El golpe va a ser más duro cada día que pase el estrecho cerrado.
¿Y por qué nos afecta? España es el segundo mercado de fertilizantes más grande de la Unión y cada año se gasta más de 1.900 millones en ello. Casi todo ese dinero, por cierto, se dedica a importaciones porque fabricarlo es inviable y, en consonancia, tampoco hay infraestructura.
En la medida en que el gas natural supone entre el 70 y el 90% del coste variable de la producción de fertilizantes, el precio de la comida va a subir (y, si de algo sirve el ejemplo de 2022, lo va a hacer rapidísimamente).
¿A qué afectará más? Al pan, la pasta y los cereales (es uno de los cultivos más sensibles al precio de los fertilizantes); la carne, los lácteos y los huevos (por su dependencia del maíz para los piensos); los aceites vegetales (porque muchos se usa también par a hacer biocombustibles); y las frutas y las hortalizas (porque todo lo que está bajo invernaderos depende críticamente de los fertilizantes).
¿Qué podemos esperar? Si el conflicto dura un par de semanas o un mes, el impacto será limitado porque hay stock acumulado y la urea llegará a tiempo de producir. Habrá pérdidas y encarecimiento, pero el problema será menor. Si hablamos de pocos meses, la inflación alimentaria global se hará notar y estaríamos en un escenario parecido a 2022. Si la rotura de stock se alarga hasta después de verano, entraríamos en territorio desconocido.
Estar preparados en un mundo cada vez más volátil. Y es que si lo pensamos con calma, nos daremos cuenta de que no existen reservas estratégicas de fertilizantes y construir nuevas plantas llevaría años. Los costos de cultivar la Tierra se han duplicado en la última década y todo parece indicar que, si no hacemos algo, la situación solo puede ir a peor.
Imagen | Victoriano Izquierdo
En Xataka | Trabajar la tierra cada vez es más caro: El coste agrícola se ha duplicado en los últimos diez años
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La noticia
Si te preguntas por qué te tendría que importar lo que pase en Irán, tenemos la respuesta: la cesta de la compra
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Jiménez
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