
Estas últimas semanas he pensado mucho en las casualidades. En las casas por las que uno vuelve a pasar y que ya no son suyas, aunque durante un tiempo lo fueran. En los amores que parecían seguros y luego no lo fueron. En esa costumbre tan humana de dar cosas por sentadas justo antes de que cambien. Quizás crecer consista también en eso: en aprender a pedir perdón por lo que hicimos mal y en encontrar una forma digna de perdonar lo que nos hicieron a nosotros. Entender nuestros puntos de inflexión nacidos de las casualidades (si es que existen).
Hay historias que recordamos de golpe. Vuelven a trozos. Como un puzzle al que le faltan piezas y que, de repente, una tarde cualquiera decide recomponerse un poco. Esta me pasa así. A veces, cuando la recuerdo, aparece un detalle nuevo, una esquina que no estaba, una luz distinta sobre la misma escena. Y casi siempre empieza igual: con una chica de mi instituto de entonces y una mochila.
Me gustaba muchísimo. De esa forma algo torpe y absoluta que solo se tiene a cierta edad, cuando todavía crees que gustarle a alguien puede depender de hacer bien un favor pequeño. Ella tenía una amiga. El padre de esa amiga tenía un kiosco. Y en la parte de atrás del local del kiosco, había un ordenador.
Lo que apareció detrás del mostrador
El encargo era sencillo. Yo acababa de comprar un CD-ROM para uno de aquellos primeros PC que empezaban a colarse en las casas, y el padre había pedido si podía llevarlo para probar si aquello funcionaba en su máquina. Accedí, claro. No tanto por vocación informática como por amor. O por esa forma adolescente de confundir la ayuda con la posibilidad de caer bien.
Recuerdo la trastienda como entre bruma. No sé si por los años o porque algunos recuerdos, cuando vuelven, lo hacen como los sueños: con una lógica extraña, más emocional que precisa. Lo que sí recuerdo bien es la sorpresa. Yo esperaba encontrarme un PC. Una caja beige, ruido de ventilador, esa sensación algo áspera de la informática de entonces. Pero no.
Era un Mac.
Fue el primero que vi en mi vida.
Y eso, aunque entonces no pudiera medirlo, abrió una pequeña grieta. Nada espectacular, nada que se pudiera contar al llegar a casa. Apenas un desajuste silencioso, como cuando algo en el mundo deja de encajar exactamente donde estaba. Me quedé allí un rato más de lo necesario, mirando aquella pantalla sin entender del todo por qué me parecía distinta. Con los años entendí que algunos cambios empiezan así: como una puerta que se abre apenas unos centímetros y te deja ver que quizá el camino iba por otro sitio.
Pero te invita a entrar.
Una máquina de otro tiempo
Aquel Mac pertenecía a una época rara de Apple. Jobs ya no estaba allí. Andaba construyendo otra cosa en NeXT, sin saber quizá que desde allí estaba preparando el corazón del Apple que vendría después. El Mac de entonces no tenía aún la épica que hoy asociamos a la marca. Era una máquina gris. Un objeto extraño. Casi fuera de lugar.
Pero a mí me pareció venido de otra época. O quizá del futuro, que a esa edad viene a ser casi lo mismo.
Todo en él era distinto. El sistema operativo, la suavidad con la que respondía, los efectos gráficos, la sensación de que aquello no solo servía para hacer cosas, sino que invitaba a hacerlas de otra manera. Frente a los PC que yo conocía, aquel ordenador parecía tener una idea propia del mundo. Había algo en su pantalla – en cómo se movía, en cómo respiraba – que resultaba casi de ciencia ficción para aquel momento.
Obviamente no conseguí instalar el CD-ROM. Ni lo intenté porque recuerdo no saber ni abrir la máquina. El favor, en ese sentido, fue un fracaso. Con la chica tampoco pasó nada. La vida siguió por otros caminos y hace muchísimos años que no sé de ella. Pero con aquella manzana mordida ocurrió otra cosa. Si estás leyendo esto, ya sabes que no terminó ahí.
El pequeño pinchazo en el corazón
Me quedé un rato delante de aquella máquina. No mucho. Lo suficiente. A veces basta con eso. Lo suficiente para que una intuición se quede contigo años enteros. Lo suficiente para salir de un kiosco pensando una pregunta que todavía hoy me parece hermosa en su ingenuidad: por qué no estaba todo el mundo hablando de aquello.
Por qué esa marca con un logo en forma de manzana no estaba en todos los colegios, en todas las empresas, en todos los dormitorios de chavales como yo que empezaban a entender, muy por encima, lo que la informática podía llegar a ser. Por qué aquello, que a mí me parecía tan evidentemente mejor, tan evidentemente más cercano a una idea bonita del futuro, seguía siendo una especie de secreto.
Con el tiempo entendí que Apple siempre tuvo algo de eso: de promesa a medio contar, de camino por abrir, de ambición escrita muy dentro de sus máquinas. No solo en lo que hacían, también en lo que parecían insinuar. Como si dijeran en voz baja: mira, quizá el futuro podría ser por aquí.
Cuando vuelve a empezar algo
Esta semana he vuelto a ver destellos de aquella sensación con la llegada del MacBook Neo en mucha gente. Para muchos, será el primer Mac que prueben en su vida.
No porque la historia sea la misma – no lo es, el mundo ha cambiado demasiado – sino porque a veces aparece un producto capaz de devolverle a alguien esa sensación primera. Ese pequeño desajuste. Ese instante en el que notas que lo que tienes delante no encaja del todo con lo que dabas por supuesto y, precisamente por eso, te obliga a mirar dos veces.
La informática ya no es un territorio extraño. Está en todas partes. Ya no hay trastiendas con máquinas misteriosas ni secretos guardados detrás de un kiosco. Todo es más inmediato, más visible, más ruidoso. Y aun así, de vez en cuando, algo consigue abrir una pequeña grieta en la costumbre.
Ojalá el MacBook Neo haga eso en mucha gente que jamás haya visto un Mac. Ojalá quien lo abra por primera vez sienta también ese pequeño pinchazo en el corazón, ese leve aleteo en el estómago que aparece cuando presientes que está empezando a pasar algo bonito delante de ti.
No algo perfecto.
No algo terminado.
Algo que empieza.
Y al final, si lo pienso bien, quizá por eso estamos aquí. Por esos momentos. Por ese instante mínimo en el que uno reconoce, sin esperarlo, que acaba de encontrarse con una puerta entreabierta. Y dentro, un amor diferente al que esperaba.
- Cada domingo, a las 9:00. “Conectando los puntos”: veinte años de mis aventuras en el mundo Apple contadas desde una perspectiva más personal.
En Applesfera | Conectando los puntos
–
La noticia
Un amor diferente
fue publicada originalmente en
Applesfera
por
Pedro Aznar
.
