
Hay algo extrañamente reconfortante en la disonancia. A veces, mientras me peleo con una aguja de ganchillo intentando que una bufanda no termine pareciendo un trapo de cocina, me gusta poner de fondo el canal de TacticalGramma. Michelle tiene 59 años, es abuela orgullosa y, mientras yo cuento puntos de lana con torpeza, ella está aniquilando escuadrones enteros en Call of Duty: Black Ops 7 con una precisión que ya querría para sí cualquier adolescente.
La escena tiene esa ironía visual: la tecnología no ha venido a aislarnos en un sótano, sino a rescatar nuestras neuronas del óxido. Durante décadas, la narrativa social nos vendió que los videojuegos «pudrían» el cerebro; hoy, la ciencia empieza a sugerir que, si quieres llegar a los 60 con una buena agilidad mental, quizás deberías agarrar el mando.
El reloj cerebral. Un estudio publicado por Nature ha logrado comparar la salud de las conexiones neuronales con la edad real de la persona —lo que se conoce como relojes cerebrales—. El equipo liderado por Carlos Coronel-Oliveros ha descubierto que los jugadores expertos en títulos de estrategia como StarCraft II poseen una estructura mental mucho más resistente al paso del tiempo.
De media, el cerebro de estos jugadores funciona con una agilidad propia de alguien cuatro años más joven, según una estimación estadística basada en modelos de neuroimagen. Un fenómeno de eficiencia que la neurociencia llama Brain Age Gap (BAG).
Cuando el Sudoku ya no es suficiente. Mientras que los juegos mentales clásicos son tareas aisladas y repetitivas, un videojuego de acción obliga al cerebro a gestionar una avalancha de información en tiempo real. Este nivel de exigencia constante —planificar movimientos, reaccionar a ataques y filtrar distracciones simultáneamente— fuerza a las neuronas a reorganizarse.
Para llegar a esta conclusión, el equipo de investigación utilizó técnicas de whole-brain modeling, combinando resonancias magnéticas funcionales con algoritmos de aprendizaje automático capaces de detectar patrones sutiles en la conectividad. Los resultados mostraron una integración más eficiente en los llamados «hubs frontoparietales», regiones clave para la atención y la función ejecutiva que suelen ser de las primeras en deteriorarse con la edad.
Cambios en el ‘hardware’ cerebral. Este aparente rejuvenecimiento tiene un reflejo físico en la estructura del cerebro. La ciencia ha detectado que, al igual que un músculo se desarrolla con el ejercicio, ciertas zonas clave de los jugadores se vuelven más densas y robustas. Estudios en Scientific Reports y Translational Psychiatry revelan que quienes juegan habitualmente a títulos de acción tienen más «materia gris» en regiones encargadas de la coordinación, la atención y la toma de decisiones rápidas. Es como si el cerebro hubiera ensanchado sus autopistas de información para reaccionar antes y mejor ante cada estímulo.
Pero el cambio más útil es el perfeccionamiento de nuestro «filtro» visual. Investigaciones en PLOS ONE demuestran que los jugadores desarrollan una capacidad superior para ignorar el ruido innecesario. No es que vean más, es que su cerebro ha aprendido a procesar solo la información que realmente importa para ganar la partida, optimizando el gasto energético de la corteza visual.
El factor ‘aprender a aprender’. Lo verdaderamente significativo no es ser más preciso dentro del juego, sino el impacto sobre la capacidad de seguir aprendiendo. Un estudio en Communications Biology mostró que el entrenamiento con videojuegos de acción acelera la velocidad con la que las personas aprenden tareas nuevas, incluso cuando estas no guardan relación con el juego.
Según explican los psicólogos Daphne Bavelier y C. Shawn Green, estos juegos entrenan el control atencional del cerebro. El resultado es una mejora en la adaptación cognitiva, algo valioso en un mundo tecnológico en constante cambio. No obstante, los expertos aún debaten el grado de «transferencia lejana», es decir, hasta qué punto ser un «as en el teclado» te hace mejor gestionando una crisis real o una hoja de cálculo compleja.
Cuando el beneficio se agota. Aun así, conviene bajar el entusiasmo. La mayoría de estos estudios son correlacionales: no permiten afirmar con certeza si jugar transforma el cerebro o si determinados perfiles cerebrales ya «ágiles» son más proclives a disfrutar de los videojuegos. Además, los efectos varían según la edad y el contexto vital.
La cara B tampoco es menor. Investigadores advierten de que una exposición excesiva puede provocar fatiga cognitiva y alteraciones del sueño. La Organización Mundial de la Salud reconoce el trastorno por videojuegos como un problema real cuando el juego se convierte en una conducta compulsiva. El beneficio neuronal depende del equilibrio de que si el reto deja de ser estimulante y se vuelve automático o adictivo, el efecto protector desaparece.
No sirve cualquier juego. Otro punto clave es que no todos los videojuegos producen los mismos efectos. Los beneficios más sólidos se observan en juegos de acción y estrategia en tiempo real, que exigen decisiones rápidas y multitarea. Como señalan los expertos, una vez que un juego deja de ser difícil y se vuelve mecánico, la plasticidad cerebral se estanca. La velocidad y la presión temporal parecen ser ingredientes esenciales para mantener la maquinaria en forma.
Hay algo esperanzador en ver a alguien como TacticalGramma dominar un entorno digital. La ciencia no dice que los videojuegos sean una panacea, pero sí sugiere que el envejecimiento cerebral no tiene por qué ser un camino de dirección única hacia el deterioro. Quizás el secreto para un cerebro más sano no esté en una pastilla, sino en nuestra capacidad de seguir enfrentándonos a lo difícil y aceptar la frustración del aprendizaje constante. Yo, de momento, voy a dejar el ganchillo un rato.
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La noticia
Unos científicos han investigado qué le pasa a tu cerebro cuando juegas a videojuegos. Y tienen noticias sorprendentes
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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