Hemos vivido engañados toda la vida: el «corte de digestión» no existe y la ciencia tiene claro por qué

Hemos vivido engañados toda la vida: el "corte de digestión" no existe y la ciencia tiene claro por qué

Hay algunas frases muy ‘de madre’ que están en nuestra mente muy bien arraigadas y sin duda una de ellas es la obligación de esperar estrictamente dos horas después de comer antes de entrar a la piscina o a la playa. Bajo el pretexto del ‘corte de digestión‘, son muchos los niños (y también adultos) que se tienen que quedar esperando antes de darse un chapuzón por el miedo a ahogarse. Sin embargo, esto es un mito. 

Una fábula popular. El concepto de «corte de digestión» no es algo que esté recogido por las diferentes guías médicas ni está categorizado por la OMS como una enfermedad que exista. Y esto es lo que apuntan también las sociedades de especialistas como la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria, cuyo experto Ángel Jimeno Aranda apunta de manera clara a que el corte de digestión es un término popular

No tiene realmente nada que ver con la digestión aunque sí que es verdad que cuando uno se encuentra tan mal después de haber entrado de golpe en el agua fría, empieza a tener dolor de cabeza, visión borrosa, fatiga, náuseas, vómitos o dolor abdominal. Los síntomas han provocado esta creencia popular de que el problema tenga origen digestivo, pero no tiene que ver con la digestión. Es más un proceso vascular

Lo que de verdad ocurre. Si el ‘corte de digestión’ no existe, entonces… ¿Qué ocurre? La respuesta está en el síndrome de inmersión, también denominado técnicamente hidrocución o choque termodiferencial.

Este fenómeno se desencadena cuando hay una gran diferencia de temperatura entre la piel de un bañista y el agua, habitualmente cuando esta última se encuentra por debajo de los 27 °C o existe una diferencia térmica igual o superior a 5 °C con respecto a la temperatura del cuerpo. 

En el organismo, esto es detectado al momento por los diferentes receptores que comienzan a enviar señales al cerebro para provocar una respuesta automática descontrolada caracterizada por la inspiración involuntaria refleja, la hiperventilación y arritmias cardiacas severas que pueden guiar al ahogamiento inmediato, independientemente del estado de la digestión. Entonces, como vemos, es un problema completamente vascular y que nada tiene que ver con haber tomado un bocadillo justo antes de haber ido al restaurante. 

Coincide con la comida. A pesar de ser un mito, la relación histórica entre comer y el síncope de inmersión tiene una explicación hemodinámica, puesto que durante el tiempo tras la comida, el organismo redistribuye el flujo sanguíneo hacia las zonas que más lo necesitan, que en ese momento es el estómago para poder hacer la digestión. Esto hace que en otras partes del organismo no haya tanta sangre. 

De esta manera, si una persona se sumerge bruscamente en agua fría en pleno proceso digestivo, y especialmente si ha estado puesta al sol, el cuerpo ejecuta una vasoconstricción periférica masiva para contener el calor en el organismo. Literalmente, se produce un choque entre la demanda de sangre del estómago y esta respuesta constrictora, que genera un conflicto de señales para nuestro cerebro, que no sabe a quién darle prioridad. 

El resultado no es más que una hiperestimulación del nervio vago que produce una bajada de la frecuencia cardiaca y también de la presión arterial. Y que baje la presión no es una buena noticia porque genera hipoperfusión cerebral, resultando en mareos, náuseas, pérdida de visión y, en el peor de los casos, síncope. 

La realidad. Con todos estos datos ha quedado bastante claro que esperar 2 horas de reloj tras comer para bañarse es falso, puesto que el factor determinante no es el tiempo, sino el método de entrada en el agua y la diferencia de temperatura. Si lo vemos desde otra perspectiva, si hablamos de agua templada, esto es algo casi imposible que se dé, aunque estemos recién comidos. 

Las recomendaciones que hay que seguir se centran en entrar en el agua despacio, permitiendo la aclimatación de los receptores cutáneos a la temperatura a la que los estamos exponiendo, mojando primero las extremidades, la nuca y el abdomen. 

Además, hay que evitar cambios bruscos tras el ejercicio físico o la insolación, puesto que la temperatura corporal aquí estará muy elevada y puede suponer un problema independientemente de que el estómago esté lleno o vacío. 

Imágenes | Callum Hill

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José A. Lizana

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