Steve Jobs era impredecible por naturaleza. Sus emociones podían pasar de cero a cien en cuestión de segundos, y cualquiera que haya leído algo sobre la historia de Apple sabe que eso podía significar desde un elogio inesperado hasta un rapapolvo monumental delante de toda una sala. Era un volcán, y los volcanes, al menos, avisan cuando entran en erupción.
Tim Cook no avisa. Sus emociones, según recoge el libro Apple en China, van de treinta y cinco a treinta y seis. Una variación tan imperceptible que resulta, paradójicamente, mucho más inquietante que cualquier explosión. Porque cuando Tim Cook se giraba hacia alguien en una reunión y decía con toda la calma del mundo «simplemente no lo entiendo», los presentes no necesitaban que les explicaran nada más. En el suelo, según cuenta un ex vicepresidente de Apple al autor, empezaban a aparecer charquitos. El sudor de la gente.
De los gritos de Jobs al silencio helador de Cook
Trabajar con Steve Jobs tenía sus riesgos, pero al menos eran riesgos visibles. Su temperamento era famoso en todo Silicon Valley, y quien entraba en una sala con él sabía que podía salir ileso o completamente destrozado, dependiendo del día y del humor. Había una cierta lógica en el caos. Con Tim Cook, esa lógica desaparece. No hay gritos, no hay portazos, no hay ninguna señal de alarma que te permita prepararte. Solo esa calma perfecta y esa frase, pronunciada con una tranquilidad que eriza la piel: «Simplemente no lo entiendo.»

Steve Jobs podía hacerte sentir un genio o un fraude en el mismo minuto. Tim Cook conseguía lo segundo sin levantar la voz ni un solo decibelio. Varios ejecutivos que trabajaron con ambos lo reconocen abiertamente en el libro: la frialdad de Cook resultaba, si cabe, más desconcertante que los arranques de Jobs.
El Terminator que memorizaba tus hojas de cálculo
Había un apodo que circulaba entre los empleados de Apple para referirse a Tim Cook en aquella época. Le llamaban «la máquina Terminator». No por crueldad, sino por que era casi imposible engañarle. Tim Cook exhibía una memoria y una capacidad para el detalle que nadie en Cupertino había visto antes, y sus sesiones de revisión operativa se convirtieron en algo cercano a una leyenda dentro de la empresa.
Apple en China recoge el testimonio de un ejecutivo de nivel medio que recuerda a Tim Cook parando a la gente en los pasillos, justo antes de una reunión, para echar un vistazo rápido a sus hojas de cálculo. En menos de un minuto podía detectar un error. Y si un número fallaba, ya no se fiaba del resto del documento.

Las consecuencias de equivocarse con Tim Cook podían ser duraderas. Como advierte uno de sus colaboradores en el libro: si te llamaba y fallabas en un número, lo intentaba de nuevo la semana siguiente. Si volvías a fallar, dejaba de llamarte.
Su método de interrogatorio tampoco dejaba mucho margen. El libro lo compara con la táctica de un niño pequeño que pregunta «¿por qué?» de forma encadenada hasta que el adulto se queda sin respuestas. Tim Cook hacía lo mismo con sus directivos, capa tras capa de preguntas, hasta que los que no dominaban los datos quedaban completamente expuestos.
El hombre que llegaba a la oficina cuando tú aún dormías
La exigencia de Tim Cook también se veía en la exigencia que se imponía a sí mismo. Llegaba a la oficina cada día a las seis de la mañana, habiendo pasado ya por el gimnasio. Trabajaba durante tantas horas y con tanta consistencia que Apple acabó asignándole dos asistentes administrativos que se turnaban el día.
Una cubría desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde, y la otra se quedaba hasta que Tim Cook decidía marcharse a casa. Incluso en el retiro anual Top 100, el evento que Jobs organizaba para su grupo favorito de directivos, la rutina de Tim Cook era invariable. Alguien que fue al gimnasio del hotel a las cinco de la mañana se lo encontró allí, ya a mitad de su entrenamiento.

Tim Cook en su despacho del Apple Park
La pieza que Apple necesitaba sin saber que la necesitaba
Apple en 1998 era una empresa que llevaba años predicando el «Think Different» como filosofía de vida. Una compañía rebelde, creativa, construida sobre la idea de que las reglas estaban para romperlas y que el orden era cosa de empresas aburridas. Meter ahí a un hombre obsesionado con los procesos, los datos y la cadena de suministro sonaba a un experimento arriesgado. Y sin embargo fue exactamente lo que la empresa necesitaba.
Tim Cook llegó con una obsesión por el orden y la organización que contrastaba frontalmente con la cultura que Jobs había construido, pero que encajaba a la perfección con lo que Apple requería operativamente para crecer.

Mientras Jobs se concentraba en el producto y en la visión, Tim Cook construyó la infraestructura que permitiría que esos productos llegaran a millones de personas de forma eficiente y rentable. Era la pieza que completaba el puzzle, no porque fuera igual que las demás, sino precisamente porque era diferente. Una empresa que presume de pensar diferente encontró en su director de operaciones la prueba más sólida de que esa filosofía, aplicada a las personas, también funciona.
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La noticia
Steve Jobs era un volcán y Tim Cook es un «Terminator» que no se altera. Una curiosa forma de liderar que convirtió a Apple en un gigante de billones
fue publicada originalmente en
Applesfera
por
Guille Lomener
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